Caballos de Troya
Una mañana de buenas intenciones admití la necesidad final de sentir algo mejor y pensé en escapar pateando mis entrañas. Salí a buen ritmo y después de recorrerme un tiempo que borró el recuerdo del comienzo, llegué hasta aquí, un paso más allá de donde termina lo que se cree posible encontrar. Allí donde cedería la voluntad exhausta de un explorador sin otras aficiones que confesar; donde no perdura la razón de ninguna búsqueda; donde no se concibe otro camino que el que descrito por unos pasos sin memoria de los sueños originales, porque el final es una mañana de luz desesperanzada e insomne.
En estos pagos de la equidistancia, pongo por nombre de esta frontera tras todas las fronteras, he fabricado un matacán para cernirlo sobre las puertas por las que doy al mundo. Este es el pendón de la advertencia para una larga lucha en la que la razón incrédula repelerá el dolor y el fracaso disfrazados de caballos de Troya; caballos a mis puertas, hasta donde la vista alcanza, hasta detrás de soles y lunas.
La equidistancia es mi nueva muralla, un lugar donde no se está ni tan subterráneo ni superficial de lo que conviene; el sitio donde la espalda al fin encuentra la pared, la atalaya que revela las cosas aún lejanas e inofensivas. Apostado aquí las veo hasta devenir primer plano; vigilo también el rumbo tangente de algunas que pasan de largo sin revelar detalles, y sin dar la cara vuelven a ser más tierra sobre la tierra y cielo en el cielo.
En este paraje una caricia ya no electriza la piel y una lágrima no duele al brotar. En esta cota sensorial, miro sin ser advertido, oigo sin entender más el idioma tosco de los gestos. No hará falta levantar los puños en este frente a contramano de todas las batallas. En la cima de la equidistancia habito, al borde del hastío gélido que paraliza la vida y la rabia ardiente que proscribe el amor.
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Anónimo -